Cada vez son más las voces que alzan la voz de alarma contra los hábitos alimenticios poco saludables y los productos procesados. La última y más contundente fue la de los expertos la Organización Mundial de la Salud (OMS) contra la carne procesada, pero ni mucho menos ha sido la única ni será la última. Lo que comemos cada vez nos preocupa más, y muestra de ello es el auge de los productos orgánicos y de tendencias gastronómicas como el slow food o comida lenta.
El slow food es un movimiento que se define por proteger la calidad de los productos y los métodos de producción tradicionales y sostenibles. Por ello, defienden la identidad gastronómica de los distintos territorios y regiones frente a la globalización de las cadenas de comida, ya que consideran que la calidad de los alimentos está ligada a la producción tradicional y los hábitos saludables de alimentación a la herencia alimentaria, histórica y cultural.
Para ello, apoyan la alianza entre consumidores, cocineros y productores de alimentos con el fin de salvaguardar las variedades locales, las recetas tradicionales y todos los valores gastronómicos de la cultura propia.
Con este planteamiento, los defensores de la comida lenta promueven una “nueva gastronomía” basada en una nueva lógica de producción y consumo de alimentos que deben ser buenos, limpios y justos, y que cada vez demandan más clientes.
Uno de los errores más comunes a la hora de adentrarse en el mundo del slow food es pensar que es sinónimo de alimento ecológico. Sin embargo, los responsables de la asociación “Slow Food España” (https://slowfood.es) advierten que hay productos de certificación ecológica que no cumplen con sus requisitos de “buenos, limpios y justos”, y que dicha certificación exige un equipamiento, instalaciones y control que muchas veces el pequeño productor no tiene a su alcance. En realidad, la comida lenta hace hincapié en el producto local criado y elaborado de forma tradicional y que se ve cada día más amenazado por las grandes industrias alimenticias.
En cuanto a precios, los productos de la slow food no son necesariamente más caros que otros del mercado, y en muchos casos aventajan a estos en calidad.
El movimiento slow food fue creado en 1986 por Carlo Petrini en Italia como reacción a la llegada al país transalpino de los primeros establecimientos de comida rápida, ya que Petrini entendió que iban a pervertir la rica tradición gastronómica italiana y socavar los hábitos saludables de alimentación y de estilo de vida locales.
En España aún se trata de un movimiento pequeño en comparación con otros países, pero cada vez más clientes se interesan por esta tendencia en alimentación, que además de potenciar los vínculos con la comunidad local garantiza unos estándares mínimos de calidad.
Slow Food International cuenta con más de 100.000 miembros en todo el mundo y está presente en más de 160 países, con estructuras nacionales en Italia, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Japón, Reino Unido y Holanda.